El Alfa persigue a su travieso cachorro.
Oriana corrió a abrazar a su amado Marcelo. Ella lo atrajo a su abrazo tratando de consolarlo. Ese hombre tan imponente, estaba ahora mismo vulnerable y entristecido por los recuerdos.
— Está bien, lo haré. — Vladish de sus manos dejó salir ese fuego azulado que su padre le había obsequiado, con lo que podía hacer cenizas a cualquier ser sobre la tierra.
La faraona, o mejor dicho su cuerpo inerte, se fue consumiendo con rapidez hasta quedar echa cenizas, ese era su castigo por haber sido tan perversa y tan cruel en su vida pasada.
— Entremos a la casa, la batalla ya ha terminado. — Sugirió la reina.
El segundo y el tercer Alfa volvieron a su forma humana, sus cuerpos perfectos altos y marcados caminaban hacia el interior de la villa, al igual que lo hacían el faraón y Oriana.
— Te dije que no te expusieras, que no pelearas con Kenik, desobedeciste mi recomendación deliberadamente, te has ganado un castigo.
— Está también era mi guerra, no podía quedarme de brazos cruzados