La primera discusión de aquella mañana fue sobre si yo debía desayunar.
La segunda, sobre si podía acompañar a Dorian a investigar a la familia Voss.
La tercera, que fue la más larga y probablemente la más absurda, giró en torno a si Kael tenía derecho a decidir cualquiera de las dos cosas.
—No puedes salir sin comer —dijo Kael.
Estábamos en el comedor de la residencia, donde una bandeja con huevos, pan y fruta llevaba veinte minutos esperando a que yo le prestara atención.
—Puedo hacerlo perfe