El sobre pesaba mucho más de lo que debería.
No por el papel, ni por el sello de cera oscura que se había agrietado en uno de los bordes, sino por la letra que reconocería incluso después de cien años. La misma que había escrito mi nombre en los libros que me regalaba de niña. La misma que aparecía en las notas que dejaba sobre la mesa cuando salía temprano y no quería despertarme. La misma que, durante toda mi vida, había asociado con una certeza tan sencilla que jamás se me ocurrió cuestionar