El bosque empezó a cambiar cuando dejamos atrás el último sendero que figuraba en los mapas de la manada.
Los árboles eran más antiguos, sus troncos más anchos y sus ramas se entrelazaban sobre nuestras cabezas hasta formar un techo irregular que apenas dejaba pasar la luz de la tarde. El terreno descendía hacia una zona de rocas cubiertas de musgo, y el aire tenía ese olor húmedo que precedía a la lluvia.
No me gustaba.
No porque tuviera miedo de los bosques. Había crecido recorriendo los lími