El amanecer cae sobre la manada con una calma que no pertenece a nadie. Ni a los lobos que vigilan los límites, ni a los guerreros que patrullan, ni al consejo que se reúne para evaluar los daños de la noche anterior. Esa calma es falsa, frágil, como un hilo que puede romperse con el más leve roce.
Y Kael… Kael lo siente en la piel. En la sangre. En el alma.
Regresa a la casa del Alfa antes de que el sol termine de salir. No ha dormido, no ha descansado, no ha terminado de sanar. Ni su cuerpo