La noche había caído pesada y silenciosa sobre el Palacio Dorado. Fuera, el mundo seguía girando al ritmo de la guerra: los heridos eran atendidos, los caídos recibían su último homenaje y los estrategas trazaban líneas sobre mapas manchados de tinta y sangre. Pero dentro de las estancias privadas del Alfa y su Luna, el tiempo parecía haberse detenido, envuelto en una atmósfera densa, tibia y necesaria.
Habían cenado poco, apenas lo indispensable para mantener la fuerza. El cansancio era un pes