La tregua había caído sobre el Palacio Dorado como un manto pesado y silencioso. El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo de rojo sangre las murallas destruidas y el campo de batalla sembrado de escombros.
Dentro de las cámaras reales, el aire vibró.
La luz dorada y plateada que había entrado a raudales minutos antes comenzó a disiparse, pero su efecto era eterno. Kai abrió los ojos.
No fue un abrir lento ni dubitativo. Sus párpados se levantaron de golpe, revelando dos pozos de oscuridad absoluta