Esa noche, Kai entró en los aposentos de Sara como una tormenta silenciosa. No hubo caricias, no hubo besos, no hubo palabras dulces. La encontró sentada, esperándolo con esa mezcla de esperanza y miedo que siempre llevaba.
Sin decir una sola palabra, él se acercó y la empujó bruscamente contra la cama. Le rasgó la ropa con una facilidad insultante, exponiendo su piel, su cuerpo, todo lo que ella le ofrecía con tanta ansia.
—Ábrete —ordenó con voz ronca y distante—. Y no te muevas.
Sara sintió