Acompañé a los ancianos y a la Luna durante el resto de la ceremonia, moviéndome entre ellos con la máscara perfecta.
Asentí cuando debía.
Sonreí cuando era necesario.
Fingí incluso cierto respeto por sus historias repetidas, como si en verdad me importara cada palabra que salía de sus bocas.
Una actuación digna del teatro más barato.
Pero funcionaba.
Los ancianos parecían complacidos, como si creyeran que por fin estaba “entrando en razón”, adaptándome a su estructura, aceptando su autoridad.