ALBERTO
—llegamos, mis tortolos, sigan derecho por esa cueva que se ve oscura, pero a medida que se adentran se va aclarando, es como si tuviera luces automatizadas.— Fabián se quedó sentado en otra roca y les tendió la mano para despedirse. —Igual yo me quedaré aquí a esperarlos; en caso de que no esté, me gritan y yo vendré raudo y veloz, ja, ja, ja.
—¿Por allá es el camino? —Alberto, cuestionó incrédulo.
—Por supuesto que es el camino, aunque, como dijo el maestro de maestros, “del otro lado