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—No lo entiendo tampoco, Bash —hizo una pausa, porque en ese momento llegó la chica con las tres humeantes tazas de café.
—Solo tienen siete minutos para retirarse —les informó la chica, mirando su reloj de pulsera y al marcharse contoneando sus caderas más de la cuenta.
—Grrrr —gruñó— ¿Quién se cree esta niña?
—¡Basta, Astrid! —fue Leander quien la trajo de vuelta a la conversación.
—¡¿Qué quieres que te