Continuación inmediata del capítulo anterior.
En serio, ¿acaso era mucho pedir al Señor que le permitiera beber tranquilo una taza con té y leer su libro sin que nadie lo molestara? Porque Eliel solo quería eso… Y ahora su mente estaba imaginando cosas que no eran de Dios y todavía podía sentir las palmaditas contra su espalda.
—¿Estás bien? —No, no lo estaba—. Ay, fue mi culpa. Lo siento.
—Tú… ¿Cuál es tu jodido problema? —preguntó, sosegando la tos.
—Que yo supiera ninguno. ¿Por qué? —cuestio