Al cruzar el umbral el aire pesado y rancio la golpeó de lleno.
El olor a yerba quemada era tan denso que le fue difícil adentrarse en la habitación al comienzo.
Eva arrugó la nariz con asco y sin decir una palabra caminó directamente hacia las ventanas del pequeño salón para abrirlas de par en par. El aire frío de la mañana entró de golpe, revolviendo las cortinas amarillentas y las cenizas que cubrían la mesa.
— ¡Nico! — gritó mientras avanzaba hacia el fondo.
Fue entonces cuando prestó atenc