Al cruzar el umbral el aire pesado y rancio la golpeó de lleno.
El olor a yerba quemada era tan denso que le fue difícil adentrarse en la habitación al comienzo.
Eva arrugó la nariz con asco y sin decir una palabra caminó directamente hacia las ventanas del pequeño salón para abrirlas de par en par. El aire frío de la mañana entró de golpe, revolviendo las cortinas amarillentas y las cenizas que cubrían la mesa.
— ¡Nico! — gritó mientras avanzaba hacia el fondo.
Fue entonces cuando prestó atención y escuchó algunos balbuceos provenir desde otra dirección.
Lo encontró en la cocina, tirado en una silla que de milagro puede sostenerlo con la cabeza echada hacia atrás y los ojos apenas entreabiertos. Tenía la mirada perdida en el techo y una sonrisa boba dibujada en la cara.
Parecía estar en otro planeta, totalmente ajeno al caos que Eva estaba viviendo.
— ¿Qué haces? — le reclamó ella, dándole un empujón en el hombro — ¡Mírate cómo estás! Prometiste que no volverías a hacerlo, Nico. ¡Me