La música se desvaneció entre aplausos educados y murmullos muy sutiles.
Eva, con el rostro encendido en rubor por el esfuerzo y la confusión soltó un suspiro de alivio al detenerse. Había logrado sobrevivir a la pista sin romperle los dedos de los pies a Ulises y, por un segundo, sintió que podía empezar a escanear a los invitados. Su mirada recorrió a un par de socios que bebían whisky cerca de los ventanales, tratando de descifrar quién la miraba con sospecha y quién con envidia.
Estaba concentrada y con los sentidos alerta, cuando sintió un golpe seco y sonoro en la parte baja de su espalda.
— ¡Oye! — exclamó Eva, dando un pequeño salto y girándose con los ojos como platos. Se llevó una mano a la zona afectada, sintiendo cómo el calor de la vergüenza le subía hasta las cejas — ¿Qué te pasa? ¡Estamos frente a todo el mundo!
Ulises, quien la había nalgueado descaradamente estaba lejos de disculparse, solo soltó una risa ronca y descarada. Tenía esa expresión de triunfo que tanto ir