95.
El sabor amargo de la impotencia me llenaba la boca mientras veía a Isabella salir de la mansión con paso apresurado, recuperando parte de su soberbia en cuanto cruzó el umbral. Haberla enfrentado fue un triunfo moral, pero legalmente estábamos contra la pared. El informe toxicológico era una prueba sólida, pero el pañuelo había sido obtenido de manera ilegal en una propiedad privada y, lo más frustrante de todo, su estado de embarazo la convertía en una figura intocable ante cualquier medida de presión inmediata.
— ¡Maldita sea! — exclamó Alejandro, lanzando un vaso de cristal contra la chimenea. El estallido del vidrio resonó en el silencio tenso de la sala — La tenemos en las manos y se nos escapa y ahora camina libre con la intención de quitarnos todo.
Se llevó las manos a la cabeza, hundiéndose en el sofá con una expresión de disgusto que me dolía más que mi propio malestar físico. Yo lo observaba desde la sombra, sintiendo cómo el secreto de mi propio embarazo me pesaba en el vi