72.
El ruido metálico de los camareros apilando sillas era el único sonido que quedaba en el gran salón. Mis padres y la histérica Isabela se habían retirado en medio de la humillación y los últimos invitados se esfumaron.
Yo me acerqué a Alejandro que permanecía de pie inmóvil.
— Esto fue una locura — murmuré.
— Fue una victoria, Ámber — respondió él, girándose para encararme.
¿Una victoria? Perdí a la única madre que conocí, me declaré enemiga pública de mi familia y descubrí que la persona en la