12.

Alejandro regresó al salón. Caminó con su calma habitual, instalándose cerca de la chimenea para observar la multitud, que lentamente volvía a su conversación normal. Se había asegurado de que Ámber pudiera regresar a casa en paz.

Pocos minutos después, Isabela se acercó a él. Su rostro no mostraba rastro de las lágrimas de minutos atrás; estaba perfectamente maquillado con una dulzura fingida, una sonrisa de disculpa en sus labios.

—Alejandro, qué gusto verte a solas. —dijo, posando su mano de
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