El aroma a tierra mojada, pino y musgo nos envolvió en cuanto cruzamos el umbral de la cabaña. El bosque despertaba bajo el murmullo constante del agua deslizándose entre las ramas y el goteo persistente que la lluvia de la madrugada había dejado sobre las hojas. Caminábamos en silencio, con los dedos entrelazados. La noche anterior, aquel simple contacto me había hecho sentir completamente a salvo; ahora, en cambio, solo conseguía recordarme cuánto desconocía del hombre que avanzaba a mi lado.