La mañana entró despacio por las ventanas de la cabaña, llenando mi antigua habitación de una claridad suave que terminó por despertarme. Permanecí unos segundos entre las sábanas, disfrutando de aquella rara sensación de no tener nada urgente que hacer. Cuando finalmente bajé, descubrí que la casa estaba en silencio y que ninguno de los hombres parecía estar dentro. Me vestí con unos pantalones cómodos y una blusa ligera antes de salir al porche, donde el sonido insistente de un martillo llamó