El encaje blanco de la lencería que llevaba oculta bajo mi gabardina de diseñador costó quinientos dólares, pero en este preciso momento, sentía que vestía una mortaja.No lloré. El nudo en mi garganta amenazaba con asfixiarme, pero me tragué el dolor antes de que se convirtiera en una debilidad visible. Mi padre, un hombre pragmático que conocía de primera mano la crueldad de los círculos de poder, siempre me decía que la dignidad es lo único que nadie puede quitarte a menos que decidas entregarla. Mi mundo se estaba desmoronando a solo unos metros de mí, pero mientras contemplaba las ruinas de mis últimos cinco años, una frialdad absoluta se instaló en mi pecho. Brandon Laurent pensaba que me dejaría destrozada, pero se equivocaba; no iba a quedarme de rodillas contemplando las cenizas.A mis veintisiete años, contaba con un título con honores en auditoría y un futuro brillante en Wall Street que decidí congelar por amor. Durante cinco largos años, había entregado mi alma, mi juvent
Leer más