La tarde había quedado atrás cuando mi padre propuso encender una fogata. El frío empezaba a sentirse con más fuerza y el viento se colaba entre los pinos, así que terminé siguiendo la idea sin pensarlo demasiado. Me quedé cerca del porche, envuelta en mi suéter de lana, mientras las llamas crecían poco a poco entre los leños. El cielo estaba despejado y lleno de estrellas, tan brillantes que parecía imposible que fueran las mismas que apenas podía distinguir desde la ciudad. El olor a madera q