Me detuve un instante frente a los cristales del ascensor privado de la empresa. A simple vista, parecía la directora ejecutiva de siempre: impecable, serena y con el control absoluto de cada detalle. Nadie habría imaginado que, por dentro, apenas lograba mantener el equilibrio. Solo habían pasado un par de horas desde que Sebastian me había dejado sobre el sofá de la mansión, y ni el cambio de ropa, ni el traje gris perla que ahora llevaba puesto, ni el maquillaje cuidadosamente retocado había