Cuando la jornada laboral llegó a su fin, la luz del atardecer se colaba por los ventanales de la empresa. Guardé la tableta en el bolso, acomodé las solapas de mi traje gris perla y salí de la oficina con la misma seguridad que esperaba cualquiera que se cruzara conmigo. Los últimos analistas abandonaban el piso presidencial mientras yo mantenía la cabeza en alto, como si nada hubiera ocurrido durante el día. Pero por dentro era otra historia. Las palabras de Penélope seguían resonando en mi c