El motor del Maybach negro se apagó, sumergiendo el habitáculo en un silencio repentino que contrastaba con el zumbido de los flashes que nos habían perseguido desde la catedral. Habíamos llegado a la mansión. Sebastian bajó del automóvil primero y, con la elegancia serena que lo caracterizaba, rodeó el vehículo para abrirme la puerta. Al bajar, el peso del encaje de alta costura de mi vestido de novia me recordó de inmediato el compromiso legal que acababa de contraer.
Antes de que pudiera dar