—Sí, acepto —mi voz resonó en las naves góticas de la catedral con una firmeza que sorprendió a los presentes, sepultando los últimos murmullos de la alta sociedad.
El anciano sacerdote cerró el libro litúrgico con un golpe sordo, carraspeó para liberar la tensión acumulada y nos miró con una mezcla de resignación y asombro.
—Por el poder que me ha sido otorgado, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Sebastian no dudó ni una fracción de segundo. Se giró por completo hacia mí, su c