El peso de la mañana se sentía como una losa de concreto sobre mis hombros mientras descendía por la majestuosa escalera de caracol de la mansión Laurent. El roce de mi sencillo conjunto de seda gris contra mi piel me recordaba, de manera inevitable, la absoluta desnudez en la que había dejado mi orgullo la noche anterior. No había pegado un ojo. Cada vez que cerraba los párpados, la penumbra de mi mente reproducía con una fidelidad tortuosa la imagen de Sebastian en el umbral de su habitación: