El caos era glorioso. Mateo Benjamín golpeaba con su sonajero el suelo alcolchonado del redil con la determinación de un pequeño tamborilero, Elías León, más contemplativo, observaba el caos en la cocina con interés científico, intentando agarrar gotas que volaban con sus dedos regordetes. Lucía Emilia, desde su posición boca Arribas emitía grititos de aprobación o protesta, aún no estaba claro, cada vez que Owen se acercaba para hacerle alguna monería mientras terminaba de darle los últimos