El silencio en la cocina era pesado, roto solo por la respiración entrecortada de Owen, que aún temblaba de rabia y dolor. No había notado las dos figuras que se habían detenido en el marco de la puerta del pasillo, despertadas por el tono elevado de su voz, aunque no las palabras.
Isabella y Jacob se miraron. Una sola mirada fue suficiente. No necesitaron palabras para coordinar su movimiento. Se acercaron a Owen en silencio, como dos lobos rodeando a su compañero herido. Isabella se deslizó a