El sonido a través del comunicador era un imán irresistible, un vórtice de deseo que atraía cada fibra de su ser. Isabella dejó el dispositivo suavemente sobre el cambiador, junto a un ya dormido Elías León. Los otros dos trillizos descansaban plácidamente, ajenos a la tormenta sensual que rugía en otra parte de la casa.
Su corazón era un tambor de guerra contra sus costillas. Cada gemido ahogado, cada jadeo áspero, cada susurro cargado de promesas que llegaba desde ese pequeño altavoz, encendí