Marina
Me congelo.
Siento como si toda la habitación hubiese quedado suspendida y en mis oídos lo único que escucho es un pitido agudo que ni siquiera sé si es real o no.
Pero es que en lo único que puedo pensar, es en las palabras que este… que este hombre acaba de decir, porque no puede ser verdad.
No.
No, no, no.
Lo escuché mal.
Estoy tan golpeada, tan aturdida, tan jodidamente dolida que… debí entender mal.
—¿Qué… qué dijiste? —mi voz apenas es un murmullo rasgado.
Mi padre —no. Ese hombre.