Marina
No he dormido.
El reloj marca las tres de la madrugada y sigo aquí, sentada en el borde de la cama, con la caja aún sobre las sábanas y la fotografía en mi regazo. La imagen de Daniel golpeado, amarrado, con la mirada apagada, me desgarra el alma cada vez que la veo. Y no puedo dejar de mirarla.
Lloré. Lloré hasta que los ojos me ardieron y la garganta se me cerró. Pero ya no me sirve llorar. Tengo que pensar, actuar, sobrevivir.
Tengo el impulso de correr hasta el estudio de Salvador, de