Son las ocho en punto cuándo, nuevamente con ayuda de Tomas, salgo de la mansión de pesadilla y me subo al Uber para ir al restaurante donde me ha citado Federico.
Debo admitir que el hombre ha tenido muy buen gusto al elegir, pues el lugar tiene una de las mejores reseñas del país en cuanto a la comida.
Empiezo a pensar en cualquier cantidad de temas triviales como, el plato que quiero pedir, hasta que tan incómoda será la cena con tal de alejar mis pensamientos de todo lo ocurrido en los últim