Salvador
El sonido de su respiración entrecortada llena el espacio.
Marina está contra la pared, con los ojos desorbitados, la piel pálida y el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. Por un momento, no parece siquiera estar aquí. No me está viendo a mí, sus pupilas están dilatadas y su expresión es de puro terror.
—Marina —digo, con más suavidad de la que me gusta admitir.
No reacciona. Sigue encogida en el suelo, murmurando un “No, por favor, no” entre dientes, con los labios temblando. Alg