Capítulo 55
La mañana había comenzado demasiado tranquila. Una calma engañosa, como esas aguas mansas que esconden corrientes peligrosas. Roma vestía a Dalhia y Mateo con esa ternura automática que solo una madre experta en caos logra dominar, ya que debían ir a la escuela como siempre. Los niños discutían por quién se había comido la última fresa del desayuno, y ella reía… sin imaginar lo que venía.
Magnus, en cambio, estaba atrapado en una reunión imposible de evitar desde temprano en la mañana y se había perdido de la oportunidad de acompañarlos como cada día. Sin embargo, este prometió alcanzarlos después de la oficina, ya que quería besar a Roma como si el día fuera suyo y quizá robarle un momento de pasión a solas. Aun así, el destino tenía planes más oscuros y sofocantes para molestar el día.
Roma subió a los niños a la camioneta como siempre, abrochó sus cinturones, acomodó sus mochilas y confirmó loncheras. El sol de la mañana bañaba el capó mientras ella encendía el motor y