Capítulo 30
El reloj marcaba las seis y treinta cuando Magnus salió de la oficina, este llevaba el ceño fruncido y una tensión imposible de ocultar. No entendía qué demonios le pasaba a Roma con esos repentinos cambios de humor. Primero, lo miraba como si pudiera leerle el alma, pero luego lo trataba con una frialdad casi glacial. Luego de eso lo echaba de su oficina como si fuera un empleado más o como si entre ellos no pasará absolutamente nada.
Roma lo desconcertaba y bastante. Siempre lo h