LOIS
Había llegado temprano, demasiado temprano, con el corazón latiendo como un tambor de guerra en mi pecho. Mis pies pisaban la hierba húmeda con cuidado, pero cada paso era un recordatorio de la sesión anterior: moretones en las costillas, músculos que protestaban con un ardor sordo. No importaba. El duelo se acercaba como una sombra inevitable, y yo no podía permitirme ser la Omega frágil que todos esperaban que fuera. No por mí. Por ellos. Por Emmanuel y Ezequiel.
Zane ya estaba allí, de