La sala de consejo olía a ceniza y piedra antigua. No quedaba rastro del antiguo esplendor del castillo; las paredes estaban ennegrecidas por el fuego, las vigas remendadas y las ventanas cubiertas con pieles gruesas. En el centro, una mesa improvisada, armada con tablones cruzados sobre bloques de piedra, se alzaba como símbolo de la resistencia. La tensión en el aire era densa, tangible, y cada uno de los presentes parecía cargar con su propio arsenal de palabras afiladas.
Thorne ocupaba el e