LOIS
El vestido era simple, de tela ligera, con flores pequeñas bordadas en tonos crema y dorado. Caía hasta mis rodillas, suelto, casi etéreo, como si no estuviera hecho para esta tierra sino para un sueño, era hermoso, el vestido más bello que había tenido en toda mi vida.
Emmanuel lo dejó sobre mi cama sin decir nada, y Ezequiel fue quien recogió mi cabello en una trenza alta que no me apretaba. Ninguno de los dos me explicó a dónde íbamos, solo tomaron mis manos y me sacaron al exterior.
La