—Debiste cuidarla mejor —dije hacia el director, quien parecía saber exactamente de lo que hablaba—. Era la amiga de tu hija. ¿Por qué no buscaste la manera de ayudarle?
—La busqué —confesó, aún bajo el encantamiento—. Hice todo lo que estuvo en mis manos.
—¿Eso crees? —pregunté, fuera de mis cabales—. Porque según veo, esa niña era una estudiante perfecta y tú fuiste quien la llevó a las calles.
—Los rumores...
—No eran ciertos —me aseguré de recalcarlo—. Los rumores sobre su prostitución no e