Santiago esperaba impacientemente la llegada de Elizabeth al aeropuerto.
«¡Qué lenta es esta mujer!», pensaba Santiago para sí mismo, sintiendo el estómago rugir de hambre.
Decide aprovechar el tiempo y se dirige a una tienda cercana para comprar un jugo y unas galletas, esperando calmar su apetito voraz.
Al salir de la tienda, ve a una Elizabeth visiblemente angustiada, buscando a su alrededor con expresión preocupada.
Parece que, al no encontrarlo, ha perdido las esperanzas y se resigna a