El lunes amaneció con un sol tibio, como si la ciudad intentara compensar el caos de la tormenta pasada.
Pero dentro del edificio, la calma era solo aparente.
La rutina parecía la misma —reuniones, informes, llamadas—, pero algo en el aire había cambiado.
Había una electricidad invisible que recorría los pasillos cada vez que Rocío y Edrián coincidían en el mismo espacio.
Ella llegó temprano, impecable como siempre, con la serenidad de quien sabe disimular.
Sin embargo, al abrir la carpet