La tarde caía sobre la ciudad con un cielo de tonos cobrizos que se reflejaban en los ventanales del edificio central del grupo empresarial.
En uno de los despachos del último piso, el ambiente era tan tenso que podía cortarse con el filo de una palabra mal dicha.
Sofía caminaba de un lado a otro, los tacones resonando como un metrónomo de rabia contenida.
Su teléfono vibró varias veces, pero no lo atendió.
Había pasado horas intentando sonreír ante los socios, fingiendo calma, cuando