El lunes llegó envuelto en esa calma engañosa que antecede a los cambios más grandes.
La oficina parecía la misma —el murmullo de teclados, el sonido de teléfonos, el ir y venir del personal—, pero para Rocío y Edrián nada era igual.
Desde la partida de Alex, algo invisible se había acomodado entre ellos: una conexión más serena, sin palabras sobrantes ni muros innecesarios. Ya no era la tensión de antes, ni las discusiones contenidas. Era una armonía que s