El lunes llegó envuelto en esa calma engañosa que antecede a los cambios más grandes.
La oficina parecía la misma —el murmullo de teclados, el sonido de teléfonos, el ir y venir del personal—, pero para Rocío y Edrián nada era igual.
Desde la partida de Alex, algo invisible se había acomodado entre ellos: una conexión más serena, sin palabras sobrantes ni muros innecesarios. Ya no era la tensión de antes, ni las discusiones contenidas. Era una armonía que se sentía incluso en los silencios compartidos.
Esa mañana, Rocío revisaba los últimos informes de estrategia cuando Drián Edrián se acercó a su escritorio con una taza de café.
—Cortado, sin azúcar —dijo, dejándola frente a ella.
Rocío alzó la vista sorprendida.
—¿Te aprendiste mi orden?
—Digamos que me esfuerzo por mejorar mis habilidades de observación —respondió con una media sonrisa.
Ella sonrió, intentando ocultar la cali