Noah dejó el tenedor y se recostó en la silla, mientras la observaba llevarse los platos a la cocina.
A veces todavía le costaba creer dónde había acabado. De los ventanales abiertos sobre el mar en su casa de la costa amalfitana, del mármol pulido bajo sus pies y los sillones de cuero italiano. O sus departamentos lujosos en Milán y Roma, había pasado a un apartamento anónimo, en un edificio sin portero, con paredes de pintura barata y un olor constante a café recalentado en el pasillo.
Comer