El cuarto estaba en penumbras, iluminado apenas por la llama temblorosa de un candil. Marina dormía profundamente junto a Santiago, agotada por la fiebre de su hermano. Mateo vigilaba en silencio desde la puerta, como una sombra inmóvil.
En la otra cama, Eva y Luca se fundían en un universo propio, ajeno al mundo que los cazaba.
Luca la había recostado con cuidado, como si temiera que el peso de sus manos la rompiera. Pero cuando los labios de Eva buscaron los suyos, todo rastro de contención s