La madrugada en la casa de Santiago era inquietante. Cada tanto, el ruido metálico de un candado, el murmullo de guardias hablando entre sí, o el crujido de las botas contra la grava interrumpían el silencio. Eva despertó varias veces, convencida de que alguien los observaba a través de las cámaras.
Al amanecer, Santiago los reunió nuevamente en la sala de mapas. Su mirada era más dura que la noche anterior, como si hubiera tomado una decisión durante esas horas de insomnio.
—Hoy iremos a Santa