Briggs desapareció unos minutos en una habitación lateral y regresó con una caja metálica desgastada. La colocó sobre la mesa con un golpe seco, como si pesara más por lo que contenía que por el metal mismo.
—Aquí guardo copias de reportes, notas de deudas, nombres de corredores —explicó mientras abría la caja y dejaba a la vista varios cuadernos y sobres amarillentos—. La mayoría no vale nada, a menos que se crucen con la gente adecuada. Pero si saben leer entre líneas, verán la magnitud del m