SOMETIDA AL DOLOR

“Ya estás a salvo, nada te hará daño nunca más”. La mano de Aria acarició la pequeña figura de Liana.

Sus pestañas descansaban como un ángel frágil contra su piel amoratada, mientras se acurrucaba bajo el pesado edredón.

La mirada de Aria se dirigió a la pequeña y tenue marca circular en su muñeca, donde los hombres de Evelina la habían sujetado con demasiada brusquedad, o tal vez fue Rafael.

“Pobrecita, lo siento mucho”, susurró.

Luego ajustó las mantas con más fuerza, apartó un mechón de pelo
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