Sofía había salido del baño envuelta en una bata blanca, con gotas aún resbalando por su piel tibia. Adrián la esperaba en la habitación, apoyado en el marco de la ventana, con una cajita entre las manos. Cuando la vio, se acercó despacio, con esa mezcla de respeto y deseo que lo definía.
—¿Puedo? —susurró, mostrando el collar de perlas nuevo que Isabel le había dado para ella.
Ella asintió con un gesto leve. Adrián se colocó detrás, apartó con cuidado su cabello húmedo, y antes de cerrar el broche, besó con devoción la curva de su cuello. Un beso que fue promesa y arrepentimiento. Luego, el chasquido suave del cierre selló el momento: las perlas descansaban sobre la piel de Sofía, brillando como un juramento divino.
—Te amo —le dijo al oído, con la voz quebrada por la emoción—. Y nunca, Sofía… nunca más voy a fallarte.
Sofía cerró los ojos, y sí se permitió creer en esas palabras.
La cena esperaba en la casa Castell. Isabel había dispuesto la mesa con delicadeza: candelabros