Renata llamó a su padre a las cuatro de la tarde.
No por el teléfono fijo. Por el celular que ella le había comprado, el que tenía la pantalla en modo alto contraste y los números grandes y que Tomás Alcántara usaba con la misma concentración con que hacía todo desde que el Parkinson le había empezado a cambiar la relación con las cosas pequeñas. Las que antes eran automáticas y ahora requerían un segundo de atención adicional. El botón del teléfono. La taza de café. El bolígrafo.
Contestó al s